lunes, 27 de mayo de 2013

Random girl

En español la expresión es "chica del montón", lo que no acaba de encajar con lo que quiero decir. La voz inglesa me parece mejor, más propia: "random girl". Chica aleatoria. Si seleccionas una chica cualquiera de la calle, esa soy yo. Somos todas. Indistintas. Cada una con sus cosas que son las cosas que tienen todas, en realidad. Tal vez cada una un poco más "egocéntrica" un poco más "egoísta"... como lo son todas las mujeres entre los quince y los veinticinco.
Intentar separarse solo te acerca más a la masa.

sábado, 25 de mayo de 2013

Ejercicio: últimas palabras

Escenario: hoy tengo que escribir lo último. Nada más. Nunca voy a escribir nada más, no sé por qué, ¿porque mañana me voy a someter a una operación? Sí, me someteré a una operación que me extirpe las ganas de escribir para siempre. Así que ahora, vestida con bata de hospital, en una servilleta de papel, tengo que escribir las últimas palabras de mi vida:

Esto es lo último que escribo. Lo único que se me ocurre es decir adiós, porque es lo que se hace. Porque me estoy quedando sin ideas. Tal vez la televisión si que robe la ilusión. No lo sé. Solo sé que tengo que decir adiós. Adiós, escritura. Adiós. Adiós.
Se va a ir de verdad. Para siempre. No sería malo si yo no tuviera que quedarme detrás, si no tuviera que lidiar con toda una vida sin juntar palabras. Puede que no sea buena creando personajes, puede que mis historias sean demasiado largas y enrevesadas, no lo sé, nadie me lo ha dicho. Y no me importa. No me podría importar menos porque de lo que disfruto es de esto. De escritura en chorro. De escribir, simplemente. No voy a mentir y decir que no me gusta crear historias, agarrarme al poste del autobús y mirar a la gente, pensar que esa chica tiene la cara que quiero para mi próximo personaje. Pero al final lo que queda es esto. Escribir. Una palabra detrás de otra, encadenadas hasta formar algo con sentido.

martes, 7 de mayo de 2013

Oda al kebab


Comida de los desahuciados, kebab de ternera o de pollo. Servido detrás de mostradores grasientos, ¿ensalada? Sí, gracias. Un bocadillo de puro alimento chorreante de esa salsa blanca que a algunos les parece sospechosa, con los goterones rojos de la otra que ni es kétchup ni deja de serlo, carne extraña y pan revenido.
Kebab, salvador de muchas noches, alimento de reyes turcos, soldados griegos y jóvenes madrileños. 

domingo, 21 de abril de 2013

La niña con una flecha en el ombligo

Había una vez una niña con una cicatriz en el ombligo y un dardo azul y negro en el corazón. La cicatriz curaba día a día a pesar de que la carne olvidadiza la reclamaba. Sin embargo, ella traba de curar su cicatriz, limpiarla, ponerle discretas tiritas de colores y tinta , en definitiva, olvidar que alguna vez había hecho enfadar a un niño divino. Este, por cierto, se había olvidado de su criatura y vagaba por el mundo haciendo y deshaciendo enredos a su antojo, sin acordarse ni una sola vez de que en una ocasión había fallado y clavado una flecha en un ombligo.
La carne olvidadiza ya no olvidaba: acosaba a la niña, haciendo sangrar la cicatriz de una manera que ni las tiritas de colores y tinta podían contener. Tanto la acosaba que la niña pensó que tal vez la flecha de repulsión había caído, que tal vez el niño divino había decidido jugar una vez más con ella o cualquier otra razón: el caso es que creía, quería creer que la carne olvidadiza ya no era tal sino un ente que recordaba. Así que cuando descubrió bañándose un día que aún quedaba virutas de metal dentro de la herida no se horrorizó, sino que pensó con satisfacción que por fin se acabaría todo aquello, pues, según la leyenda, las maldiciones del niño divino se rompían besando a la persona con la que te había torturado. Si ella aún estaba maldita y el ente era tal, aún tenía esperanzas. Aún podía tener un final.
Con esos pensamientos volvió a su pueblo desde la ciudad de acero y polvo, volvió al mar, volvió al ente que recordaba, convencida de que se acabaría la maldición, contenta y preparando lo que decir después de romperla. Pero nada podía salirle bien a la niña: el ente no era un ente sino carne y tan olvidadiza como siempre, hasta el punto de no recordar mientras hablaba con la niña que ya tenía otras flechas nuevas clavadas. Cada vez que la niña se acercaba, las plumas de la cola de la flecha le daban picores y el extremo se volvía extremadamente afilado.
Así que la niña se quedó como estaba: con cicatrices en el ombligo, trozos de flechas aún clavados, un dardo azul y negro en el corazón y condenada por el niño divino a no tener finales.

domingo, 31 de marzo de 2013

Cigarrillos


-Alcánzame uno, hazme el favor –pidió ella sentada en el suelo junto a la cama. Él enarcó las cejas con el cigarrillo apagado en la comisura de la boca, pero se encogió de hombros y le tendió otro salido directamente de la cajeta roja. Ella lo cogió con sorprendente soltura y lo sostuvo el tiempo suficiente para que él se lo encendiera. Lo aspiró como una fumadora empedernida el primer cigarro en una semana.
-Dios, qué bien –dijo ella soltando el humo con cada palabra.
-¿No decías que no fumabas? –preguntó él, divertido.
-No, no fumo –dio otra calada con evidente placer. A él le gustaba eso: si hacía algo, lo hacía bien.
-Relaja, que parece que te está fumando él a ti.
-Déjame en paz –replicó ella, molesta-. Lo necesitaba. Jo, voy a acabar comprándome una cajetilla.
-¿Y eso? ¿Qué pasa?
Ella lo miró de reojo, apoyado en la puerta del balcón con el cilindro humeante en la boca, tan relajado.
-No hagas como que te interesa. La cosa no va contigo, tranquilo.
Él hizo un anillo de humo antes de responder.
-Sí que me interesa.
-No seas mentiroso. Bueno… -ella lanzó un suspiro eterno-. Vale, te lo digo pero luego no le vayas diciendo a nadie que soy yo la que te agobio con mis cosas, que parece que quiero ir de novia.
-Que no, venga.
Ella tiró la ceniza con un experto gesto de muñeca. Le gustaba el cigarrillo más de lo que podría resultar seguro. Pero, por otro lado, ¿qué podía hacer? Estaba predestinada a ser fumadora y casi veinte años resistiéndose no estaba mal. Caer de vez en cuando tampoco importaba.
-Es por el otro.
-¿El que dejaste en tu tierra? ¿Qué le pasa?
Ella se encogió de hombros.
-Se cree que soy una santa y mírame aquí, contigo y con esto –levantó el cigarrillo ya medio consumido.
Él rió suavemente.
-¿Qué más te da lo que crea? Que piense lo que le dé la gana.
-Ya, si es eso. Pero… no sé. A ver, tampoco me voy al cuarto de todo lo que se mueva todos los fines de semana…
-Que sí, eso lo entiendo –él apagó el cigarrillo, encendiendo el siguiente.
-Pues es eso. Que no me siento bien con todo esto.
Él la miró desde arriba, dubitativo.
-¿Es eso? ¿Estás…? Bueno…
Ella sacudió la cabeza  con impaciencia.
-No estoy… no sé cómo decirlo. O sea, como rompiendo pero como no… coño. Eso. Me has entendido perfectamente –él asintió pensativo-. Eso. El problema es que no quiero que esto acabe porque, coño, somos mayorcitos y yo puedo hacer lo que quiera. Pero claro, luego salgo de aquí, me rallo la cabeza y tengo que volver a pedirte cigarros –dio otra honda calada-. ¿Qué marca son?
-Lucky Strike.
-Molan.

jueves, 28 de marzo de 2013

La niña con una flecha en el ombligo y la fiebre de la carne


Hubo muchas veces una niña con una flecha en el ombligo y un dardo azul, negro y mortal en el corazón. Mientras que el dardo le permitía vivir, la saeta solía amargarle la existencia o hacerla más interesante, dependiendo del humor del niño divino que la había condenado. Tantas cosas habían pasado con aquella flecha que ni siquiera era la original, ya que en una ocasión, la madre del niño se había apiadado de la víctima, limitándose a inoculándole la fiebre de la carne por el primero que pasó. Sin embargo, el niño, en plena rabia por esta intromisión y con un vano alarde de habilidad, clavó otra flecha partiendo en dos la primera para que la fiebre remitiera hasta transformarse en el afecto disperso de desear con el ombligo.

Todo esto sería irrelevante si aquel niño divino  no se hubiese olvidado de clavar las dos flechas de repulsión y atracción en el nuevo objetivo de la niña; si la rotura de la primera no hubiera hecho resonar muy lejos de allí las que el chico ya anónimo aún llevaba en el cuerpo y si la fiebre de la carne hubiese remitido del todo. Pero la fiebre desapareció en el nuevo chico sin flechas para sustituirla, las puntas metálicas vibraron en una carne olvidadiza al lado del mar y la niña aún deliraba por las noches, así que en un solo segundo la niña vio como su mundo cambiaba drásticamente de dirección: el chico nuevo la ignoraba por puro aburrimiento, ella lo perseguía con el dolor de ser desechada tan rápido y al otro lado de las montañas, alguien ya olvidado quería compartir su fiebre. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Excusas.

La pluma se desvanece. Quisiera decir que es por algo ajeno a mí, que no es culpa mía, que hay factores externos que me impiden escribir. Que tengo una vida tan vacía que no puedo escribir. Y sin embargo, todo es mentira. Las excusas, los engaños. Todo mentira. Podría escribir los versos más tristes esta noche, pero me limito a copiar. Copiar mal. imitar estilos cuando mi pluma era espléndida, hermosa. Cuando era bonita de ver.
Ninguna vida está tan vacía como para que no se pueda escribir. Más bien al contrario, cuanto más vacía mejor. Mejor para escribir. Lo demás son solo excusas.

lunes, 25 de marzo de 2013

Volver

Vuelta a lo de siempre.
A la lluvia, a la humedad, a perder extremidades por culpa del frío. Volver significa todo eso.
Volver no es solo el viaje de tantos kilómetros que parecen vidas. Volver es retroceder a cuando no era más que el vacío, cuando, no sé, todo era distinto. Cuando no era nada, cuando no era una persona.
Vuelvo y no soy nada. Lo que he hecho se desmorona. Lo hablado, lo planeado. Vuelvo a ser un enorme jersey azul y unos pantalones de chándal que se pasean sin pena ni gloria por una casa helada.
Y aún creo que con la vuelta puedo cambiar cosas. Aún me engaño creyendo que esto cambiará algún día. que volver no será retroceder.
Volver es retroceder. Nunca es tan mentirosos como siempre.

lunes, 28 de enero de 2013

17.1.15

No soy alguien,
y estoy aquí,
en este suelo frío,
en este pasillo largo,
en este edificio rojo;
con estas chicas guapas,
con estos chicos suficientes,
con estas amigas que ignoran.
Estoy aquí sentada,
soy nada.
Soy un vacío acurrucado y acumulado
soy cicatrices moradas sobre piel blanca
(cicatrices minúsculas de mundos exagerados)
Soy frio y soy furia y tormenta.
Tormenta de lágrimas que no lloran.

sábado, 19 de enero de 2013

Primera Sombra


Pum-pum, pum-pum. Gato corría a través de las empinadas callejuelas de la Ciudad de los Desechos. Saltaba ágilmente los escombros quemados, las vigas destrozadas, esquivaba las pilas de muebles destrozados largo tiempo atrás. Iba rápido, pero no podía deshacerse de su perseguidor. Solo porque llevaba a Sombra en brazos. Pum-pum, pum. 

jueves, 17 de enero de 2013

Experimentos: aspiradoras


Esa era su pasión: las aspiradoras. Grandes, pequeñas, de bolsillo. Todas y cada una de ella eran para él un  misterio sin resolver. Por no hablar de los manuales de instrucciones. Él, el hombrecillo calvo y de bigotillo engominado, solía pasarse las tardes sumergido entre papeles y más papeles, todos con dibujos más o menos logrados de aspiradoras. Los traducía de otros idiomas, los cuidaba y guardaba con inmenso cariño.
Su pasatiempo favorito eran los discos de aspiradoras. Cada vez que tenía ocasión, grababa a alguien pasando ese noble instrumento por su casa, acercaba una grabadora y retenía el musical zumbido del mayor invento del hombre. Luego, en su casa, a solas, se deleitaba repitiendo una y otra vez la cinta.  Con el tiempo, llegó a poder identificar el modelo y marca solo escuchándolo.
                Además de todo esto, era el hombre más feliz del mundo. Había hecho de su pasión un modo de ganar dinero. “Bueno días señora, me preguntaba si usted conocía nuestro nuevo modelo de aspiradora…”

Bug


-O sea, que estás pillada por él.
Ella dio otra calada. Otra más. Iba por el tercer cigarrillo de su vida en una hora.
-No. Sí. No lo sé –se encogió de hombros-. El tío es un gilipollas de los que ya no quedan. Celoso, inseguro y esas cosas. Puede que acabe intentando pegarme por tener amigos hombres mientras me dice que deje que estudiar. Yo qué sé. Pero está muy bueno.
-Eso suena a que te mueres por un polvo.
Desde abajo, ella lo miró divertida.
-¿Me estás haciendo proposiciones indecentes?
-No –replicó él muy serio.
-Jo, qué poco sentido del humor. En fin –suspiró y tosió-. Joder. Pues eso, que lo he pensado mucho y si fuese que solo quiero un polvo no me pillaría estas ralladas.
-¿Entonces?
-Pues que no lo sé. No tengo ni la más mínima idea. Quiero decir, por un lado está que el tío es un idiota, que ni siquiera estoy muy segura de que no me caiga mal. Por otro, está muy bueno y lo persigo. No lo entiendo. No me entiendo. Esto es como tener un bug.
-¿Un qué?
-Un bug es cuando en los videojuegos algo falla y empiezan a pasar cosas raras, como que tu personaje no puede pasar por una puerta abierta o los enemigos se matan entre ellos, y normalmente es algo que ni puedes solucionar ni sabes por qué pasa. Pues yo lo mismo. Me he quedado bugueada, chocando contra la pared sin poder hacer nada.

domingo, 13 de enero de 2013

Documento 1


Hastiada de todo. De respirar, de comer, de hablar, de dormir, de leer… Hastiada de escribir. Mi dolor es tan fuerte que me daña la piel pero soy tan lela que me siento incapaz de convertirlo en arte. Incapaz de escribir nada más que estas palabras que no valen la tinta con las que están escritas. Planes que soy demasiado vaga para realizar. No tengo fuerza, ninguna. Planes, abstracciones y luego ¿qué? Nada. Absolutamente nada más que televisión y ordenador en el que me dedico a admirar las creaciones de otra gente. “Guau, que belleza. Ojalá yo escribiera así, supiera transformar mi dolor en algo tan hermoso, tan perfecto” Y nada, no paso de los torpes tecleos y la obsesiva comprobación de cosas que no tendrán ninguna novedad. ¿Para qué? Para nada, nada, eso me envuelve: nada neblinosa, nada tan asfixiante que parece todo. Nada agresiva y roja, nada submarina, nada, nada. Nada embotellada a granel.
Si tan solo pudiera hacer algo, me digo sentada, hecha un ovillo, lloriqueando. Si tan solo pudiera arreglar algo. Los planes se arremolinan. No hago nada. No escribo: me cansé de escribir, escribir para nada, mejorar mi talento para que nada de lo que escriba sea perfecto. Otra vez la nada. Nada. Nada. La nada sí que no miente. Creí una vez que nunca no mentía, pero ahora sé que es algo tan ambiguo como siempre. Nada, eso sí que no cambia. Nada es nada, nada es nada siempre y nada es nada nunca. Nada. El valor del cero. Qué hermoso.
Me da igual, en realidad. No me gusta mentirme ni decirme la verdad, por eso me digo que me da igual. Me da igual no escribir, me da igual no vivir porque en realidad no merece la pena. Solo tengo que esperar, esperar nueve meses, como he dicho… esperar y estaré muy, muy lejos de aquí. Lejos. Nada. Nada.

La niña con la flecha en el ombligo


Había una vez una niña que no creía en una palabra, lo que era raro ya que la niña amaba las palabras. Amaba la palabra rayo y pingüino y picaporte y centella y libertad. Sin embargo, desconfiaba de aquella palabra. No era lógica, no era un concepto viable.
Había una vez, al mismo tiempo y siempre, un niño desnudo y vengativo cuyo nombre odiaba aquella niña. Como castigo, el niño divino la ensartó con una flecha pero erró en el tiro y esta acabó en su ombligo en vez de en su corazón. El pequeño dios encogió sus hombros gordezuelos y se alejó volando, convencido de que en el fondo aquel castigo había sido peor que el que hubiera pensado originalmente.
Pronto, la flecha hizo que la niña se prendara de un chico, aunque al estar la saeta alojada en el ombligo, no lo quiso de corazón, sino por un poco más abajo, por donde sobresalía la flecha. Tampoco esto quiere decir que la niña quisiese únicamente al chico para hacerse mujer, simplemente lo quería con su ombligo. Por desgracia, el niña divino había decidido asegurarse de que el castigo era completo clavándole al chico una flecha de atracción en la parte alta de la espalda y una de repulsión en la baja, lo que resultaba un “me gustas pero no lo suficiente”.
Con todo aquel lío de flechas clavadas ne lugares erróneos, la niña acabó por no saber qué hacer. Trató de quererlo de quererlo de corazón: inútil. En realidad, para ella había sido bueno que el niño divino no la hubiera ensartado el pecho de lado a lado, porque hubiese muerto de melancolía, pero esa es otra historia.
Con lo cual, sin poder arrancarse la flecha ni atreverse a arrancar las flechas de la espalda del chico, la niña se quedó sin final para su cuento. Y el niño divino tal vez se frotó las manos con satisfacción, pues ella nunca volvería a jugar a enfadarlo.


Primero de una serie de "relatos" o "cuentos". 

Otoño


¿El otoño? Qué sabrá el otoño. El otoño es un viejo profesor sin retirar, un fósil viviente que se empeña en asegurar que nadie pasa su curso a la primera. ¡Lluvia, inundaciones! Pero también quiere hacerse el magnánimo con Halloween y chocolate y hojas de todos los colores que dan muy buenos planos a las películas americanas.
El otoño no sabe nada. Ni siquiera sabe que llega el invierno, que no es un pobre profesor cascarrabias, un anciano débil. El invierno es un joven gélido, es la salvaje niñez que no conoce límites, no conoce el respeto, que pisa, rompe y hiela con la despreocupación de un recién nacido. Mi invierno. Mis mantas, mi chocolate, mis falanges blancas y retorcidas como carámbanos que reviven al calor del agua hirviendo. El frio. Mi frio. Mi frio húmedo de lluvia temblorosa. Todo tan verde que duele mirarlo a través de la cortina acuática. 

Primera vértebra


Solo hola de nuevo. Hola página en blanco de Blogger, hola posibles y más bien imaginarios lectores, hola de nuevo plantillas y fuentes y colores. Hola mis musas. ¿Volveréis acaso si hago esto? ¿Volveréis como en aquellos tiempos en los que los dedos simplemente fluían porque tenía que escribir algo, cualquier cosa, lo que fuera para alimentar a la bestia con Delirios Literarios? Si no me arañabais con vuestros dedos largos y blancos de arpías bien cuidadas.
Y es esto. No hay más. Escribiré sobre lo que me apetezca y reciclaré todo lo que tenga por ahí. Se trata de obligar al tiempo a aplastarme más rápido. Domé a los demonios que me arañaban la piel y tal vez con ellos se fueron mis musas, no lo sé.
¿Qué pasa con el resto de K.? Sigue igual. Igual que siempre. Sigo estremecida por las mismas cosas, sigo disfrutando del sol como una lagartija somnolienta en invierno, sigo viviendo a través de la tinta, así que como ya no escribo no vivo. Como ya no tengo pensamientos nuevos, le doy la vuelta a los viejos para que aguanten más tiempo. Si ya no encuentro pasiones, busco las viejas. Y así.
Bienvenidos al espinazo de K. No soy complicada. No tomo café ni me siento sola. No hago skate, no soy una futura loca de los gatos. No soy nada. Nada. Seguramente por eso se aburrieron mis musas de mí.