domingo, 13 de enero de 2013

Documento 1


Hastiada de todo. De respirar, de comer, de hablar, de dormir, de leer… Hastiada de escribir. Mi dolor es tan fuerte que me daña la piel pero soy tan lela que me siento incapaz de convertirlo en arte. Incapaz de escribir nada más que estas palabras que no valen la tinta con las que están escritas. Planes que soy demasiado vaga para realizar. No tengo fuerza, ninguna. Planes, abstracciones y luego ¿qué? Nada. Absolutamente nada más que televisión y ordenador en el que me dedico a admirar las creaciones de otra gente. “Guau, que belleza. Ojalá yo escribiera así, supiera transformar mi dolor en algo tan hermoso, tan perfecto” Y nada, no paso de los torpes tecleos y la obsesiva comprobación de cosas que no tendrán ninguna novedad. ¿Para qué? Para nada, nada, eso me envuelve: nada neblinosa, nada tan asfixiante que parece todo. Nada agresiva y roja, nada submarina, nada, nada. Nada embotellada a granel.
Si tan solo pudiera hacer algo, me digo sentada, hecha un ovillo, lloriqueando. Si tan solo pudiera arreglar algo. Los planes se arremolinan. No hago nada. No escribo: me cansé de escribir, escribir para nada, mejorar mi talento para que nada de lo que escriba sea perfecto. Otra vez la nada. Nada. Nada. La nada sí que no miente. Creí una vez que nunca no mentía, pero ahora sé que es algo tan ambiguo como siempre. Nada, eso sí que no cambia. Nada es nada, nada es nada siempre y nada es nada nunca. Nada. El valor del cero. Qué hermoso.
Me da igual, en realidad. No me gusta mentirme ni decirme la verdad, por eso me digo que me da igual. Me da igual no escribir, me da igual no vivir porque en realidad no merece la pena. Solo tengo que esperar, esperar nueve meses, como he dicho… esperar y estaré muy, muy lejos de aquí. Lejos. Nada. Nada.

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