Esa era su pasión:
las aspiradoras. Grandes, pequeñas, de bolsillo. Todas y cada una de ella eran
para él un misterio sin resolver. Por no
hablar de los manuales de instrucciones. Él, el hombrecillo calvo y de
bigotillo engominado, solía pasarse las tardes sumergido entre papeles y más
papeles, todos con dibujos más o menos logrados de aspiradoras. Los traducía de
otros idiomas, los cuidaba y guardaba con inmenso cariño.
Su pasatiempo
favorito eran los discos de aspiradoras. Cada vez que tenía ocasión, grababa a
alguien pasando ese noble instrumento por su casa, acercaba una grabadora y
retenía el musical zumbido del mayor invento del hombre. Luego, en su casa, a
solas, se deleitaba repitiendo una y otra vez la cinta. Con el tiempo, llegó a poder identificar el
modelo y marca solo escuchándolo.
Además de todo esto, era el
hombre más feliz del mundo. Había hecho de su pasión un modo de ganar dinero.
“Bueno días señora, me preguntaba si usted conocía nuestro nuevo modelo de
aspiradora…”
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