Hubo
muchas veces una niña con una flecha en el ombligo y un dardo azul, negro y
mortal en el corazón. Mientras que el dardo le permitía vivir, la saeta solía
amargarle la existencia o hacerla más interesante, dependiendo del humor del
niño divino que la había condenado. Tantas cosas habían pasado con aquella
flecha que ni siquiera era la original, ya que en una ocasión, la madre del
niño se había apiadado de la víctima, limitándose a inoculándole la fiebre de
la carne por el primero que pasó. Sin embargo, el niño, en plena rabia por esta
intromisión y con un vano alarde de habilidad, clavó otra flecha partiendo en
dos la primera para que la fiebre remitiera hasta transformarse en el afecto
disperso de desear con el ombligo.
Todo
esto sería irrelevante si aquel niño divino no se hubiese olvidado de clavar las dos
flechas de repulsión y atracción en el nuevo objetivo de la niña; si la rotura
de la primera no hubiera hecho resonar muy lejos de allí las que el chico ya anónimo
aún llevaba en el cuerpo y si la fiebre de la carne hubiese remitido del todo.
Pero la fiebre desapareció en el nuevo chico sin flechas para sustituirla, las
puntas metálicas vibraron en una carne olvidadiza al lado del mar y la niña aún
deliraba por las noches, así que en un solo segundo la niña vio como su mundo
cambiaba drásticamente de dirección: el chico nuevo la ignoraba por puro
aburrimiento, ella lo perseguía con el dolor de ser desechada tan rápido y al
otro lado de las montañas, alguien ya olvidado quería compartir su fiebre.
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