Había una vez una niña que no creía
en una palabra, lo que era raro ya que la niña amaba las palabras. Amaba la
palabra rayo y pingüino y picaporte y centella y libertad. Sin embargo, desconfiaba
de aquella palabra. No era lógica, no era un concepto viable.
Había una vez, al mismo tiempo y
siempre, un niño desnudo y vengativo cuyo nombre odiaba aquella niña. Como castigo,
el niño divino la ensartó con una flecha pero erró en el tiro y esta acabó en
su ombligo en vez de en su corazón. El pequeño dios encogió sus hombros
gordezuelos y se alejó volando, convencido de que en el fondo aquel castigo había
sido peor que el que hubiera pensado originalmente.
Pronto, la flecha hizo que la niña
se prendara de un chico, aunque al estar la saeta alojada en el ombligo, no lo
quiso de corazón, sino por un poco más abajo, por donde sobresalía la flecha.
Tampoco esto quiere decir que la niña quisiese únicamente al chico para hacerse
mujer, simplemente lo quería con su ombligo. Por desgracia, el niña divino
había decidido asegurarse de que el castigo era completo clavándole al chico
una flecha de atracción en la parte alta de la espalda y una de repulsión en la
baja, lo que resultaba un “me gustas pero no lo suficiente”.
Con todo aquel lío de flechas
clavadas ne lugares erróneos, la niña acabó por no saber qué hacer. Trató de
quererlo de quererlo de corazón: inútil. En realidad, para ella había sido
bueno que el niño divino no la hubiera ensartado el pecho de lado a lado,
porque hubiese muerto de melancolía, pero esa es otra historia.
Con lo cual, sin poder arrancarse
la flecha ni atreverse a arrancar las flechas de la espalda del chico, la niña
se quedó sin final para su cuento. Y el niño divino tal vez se frotó las manos
con satisfacción, pues ella nunca volvería a jugar a enfadarlo.
Primero de una serie de "relatos" o "cuentos".
Primero de una serie de "relatos" o "cuentos".
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