-Alcánzame
uno, hazme el favor –pidió ella sentada en el suelo junto a la cama. Él enarcó
las cejas con el cigarrillo apagado en la comisura de la boca, pero se encogió
de hombros y le tendió otro salido directamente de la cajeta roja. Ella lo
cogió con sorprendente soltura y lo sostuvo el tiempo suficiente para que él se
lo encendiera. Lo aspiró como una fumadora empedernida el primer cigarro en una
semana.
-Dios,
qué bien –dijo ella soltando el humo con cada palabra.
-¿No
decías que no fumabas? –preguntó él, divertido.
-No, no
fumo –dio otra calada con
evidente placer. A él le gustaba eso: si hacía algo, lo hacía bien.
-Relaja,
que parece que te está fumando él a ti.
-Déjame
en paz –replicó ella, molesta-. Lo necesitaba. Jo, voy a acabar comprándome una
cajetilla.
-¿Y
eso? ¿Qué pasa?
Ella lo
miró de reojo, apoyado en la puerta del balcón con el cilindro humeante en la
boca, tan relajado.
-No
hagas como que te interesa. La cosa no va contigo, tranquilo.
Él hizo
un anillo de humo antes de responder.
-Sí que
me interesa.
-No
seas mentiroso. Bueno… -ella lanzó un suspiro eterno-. Vale, te lo digo pero
luego no le vayas diciendo a nadie que soy yo la que te agobio con mis cosas,
que parece que quiero ir de novia.
-Que
no, venga.
Ella
tiró la ceniza con un experto gesto de muñeca. Le gustaba el cigarrillo más de
lo que podría resultar seguro. Pero, por otro lado, ¿qué podía hacer? Estaba
predestinada a ser fumadora y casi veinte años resistiéndose no estaba mal.
Caer de vez en cuando tampoco importaba.
-Es por
el otro.
-¿El
que dejaste en tu tierra? ¿Qué le pasa?
Ella se
encogió de hombros.
-Se
cree que soy una santa y mírame aquí, contigo y con esto –levantó el cigarrillo
ya medio consumido.
Él rió
suavemente.
-¿Qué
más te da lo que crea? Que piense lo que le dé la gana.
-Ya, si
es eso. Pero… no sé. A ver, tampoco me voy al cuarto de todo lo que se mueva
todos los fines de semana…
-Que
sí, eso lo entiendo –él apagó el cigarrillo, encendiendo el siguiente.
-Pues
es eso. Que no me siento bien con todo esto.
Él la
miró desde arriba, dubitativo.
-¿Es
eso? ¿Estás…? Bueno…
Ella
sacudió la cabeza con impaciencia.
-No
estoy… no sé cómo decirlo. O sea, como rompiendo pero como no… coño. Eso. Me
has entendido perfectamente –él asintió pensativo-. Eso. El problema es que no
quiero que esto acabe porque, coño, somos mayorcitos y yo puedo hacer lo que
quiera. Pero claro, luego salgo de aquí, me rallo la cabeza y tengo que volver
a pedirte cigarros –dio otra honda calada-. ¿Qué marca son?
-Lucky
Strike.
-Molan.
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