No soy alguien,
y estoy aquí,
en este suelo frío,
en este pasillo largo,
en este edificio rojo;
con estas chicas guapas,
con estos chicos suficientes,
con estas amigas que ignoran.
Estoy aquí sentada,
soy nada.
Soy un vacío acurrucado y acumulado
soy cicatrices moradas sobre piel blanca
(cicatrices minúsculas de mundos exagerados)
Soy frio y soy furia y tormenta.
Tormenta de lágrimas que no lloran.
lunes, 28 de enero de 2013
sábado, 19 de enero de 2013
Primera Sombra
Pum-pum,
pum-pum. Gato corría a través de las empinadas callejuelas de la Ciudad de los
Desechos. Saltaba ágilmente los escombros quemados, las vigas destrozadas,
esquivaba las pilas de muebles destrozados largo tiempo atrás. Iba rápido, pero
no podía deshacerse de su perseguidor. Solo porque llevaba a Sombra en brazos.
Pum-pum, pum.
jueves, 17 de enero de 2013
Experimentos: aspiradoras
Esa era su pasión:
las aspiradoras. Grandes, pequeñas, de bolsillo. Todas y cada una de ella eran
para él un misterio sin resolver. Por no
hablar de los manuales de instrucciones. Él, el hombrecillo calvo y de
bigotillo engominado, solía pasarse las tardes sumergido entre papeles y más
papeles, todos con dibujos más o menos logrados de aspiradoras. Los traducía de
otros idiomas, los cuidaba y guardaba con inmenso cariño.
Su pasatiempo
favorito eran los discos de aspiradoras. Cada vez que tenía ocasión, grababa a
alguien pasando ese noble instrumento por su casa, acercaba una grabadora y
retenía el musical zumbido del mayor invento del hombre. Luego, en su casa, a
solas, se deleitaba repitiendo una y otra vez la cinta. Con el tiempo, llegó a poder identificar el
modelo y marca solo escuchándolo.
Además de todo esto, era el
hombre más feliz del mundo. Había hecho de su pasión un modo de ganar dinero.
“Bueno días señora, me preguntaba si usted conocía nuestro nuevo modelo de
aspiradora…”
Bug
-O sea,
que estás pillada por él.
Ella
dio otra calada. Otra más. Iba por el tercer cigarrillo de su vida en una hora.
-No.
Sí. No lo sé –se encogió de hombros-. El tío es un gilipollas de los que ya no
quedan. Celoso, inseguro y esas cosas. Puede que acabe intentando pegarme por
tener amigos hombres mientras me dice que deje que estudiar. Yo qué sé. Pero
está muy bueno.
-Eso
suena a que te mueres por un polvo.
Desde
abajo, ella lo miró divertida.
-¿Me
estás haciendo proposiciones indecentes?
-No
–replicó él muy serio.
-Jo, qué poco sentido del humor. En fin
–suspiró y tosió-. Joder. Pues eso, que lo he pensado mucho y si fuese que solo
quiero un polvo no me pillaría estas ralladas.
-¿Entonces?
-Pues que no lo sé. No tengo ni la más mínima
idea. Quiero decir, por un lado está que el tío es un idiota, que ni siquiera
estoy muy segura de que no me caiga mal. Por otro, está muy bueno y lo persigo.
No lo entiendo. No me entiendo. Esto es como tener un bug.
-¿Un qué?
-Un bug es cuando en los videojuegos algo
falla y empiezan a pasar cosas raras, como que tu personaje no puede pasar por
una puerta abierta o los enemigos se matan entre ellos, y normalmente es algo
que ni puedes solucionar ni sabes por qué pasa. Pues yo lo mismo. Me he quedado
bugueada, chocando contra la pared
sin poder hacer nada.
domingo, 13 de enero de 2013
Documento 1
Hastiada de todo. De respirar, de comer, de hablar, de dormir, de
leer… Hastiada de escribir. Mi dolor es tan fuerte que me daña la piel pero soy
tan lela que me siento incapaz de convertirlo en arte. Incapaz de escribir nada
más que estas palabras que no valen la tinta con las que están escritas. Planes
que soy demasiado vaga para realizar. No tengo fuerza, ninguna. Planes,
abstracciones y luego ¿qué? Nada. Absolutamente nada más que televisión y
ordenador en el que me dedico a admirar las creaciones de otra gente. “Guau,
que belleza. Ojalá yo escribiera así, supiera transformar mi dolor en algo tan
hermoso, tan perfecto” Y nada, no paso de los torpes tecleos y la obsesiva
comprobación de cosas que no tendrán ninguna novedad. ¿Para qué? Para nada,
nada, eso me envuelve: nada neblinosa, nada tan asfixiante que parece todo. Nada
agresiva y roja, nada submarina, nada, nada. Nada embotellada a granel.
Si tan solo pudiera hacer algo, me digo sentada, hecha un ovillo,
lloriqueando. Si tan solo pudiera arreglar algo. Los planes se arremolinan. No
hago nada. No escribo: me cansé de escribir, escribir para nada, mejorar mi
talento para que nada de lo que escriba sea perfecto. Otra vez la nada. Nada.
Nada. La nada sí que no miente. Creí una vez que nunca no mentía, pero ahora sé
que es algo tan ambiguo como siempre. Nada, eso sí que no cambia. Nada es nada,
nada es nada siempre y nada es nada nunca. Nada. El valor del cero. Qué
hermoso.
Me da igual, en realidad. No me gusta mentirme ni decirme la verdad,
por eso me digo que me da igual. Me da igual no escribir, me da igual no vivir
porque en realidad no merece la pena. Solo tengo que esperar, esperar nueve
meses, como he dicho… esperar y estaré muy, muy lejos de aquí.
Lejos. Nada. Nada.
La niña con la flecha en el ombligo
Había una vez una niña que no creía
en una palabra, lo que era raro ya que la niña amaba las palabras. Amaba la
palabra rayo y pingüino y picaporte y centella y libertad. Sin embargo, desconfiaba
de aquella palabra. No era lógica, no era un concepto viable.
Había una vez, al mismo tiempo y
siempre, un niño desnudo y vengativo cuyo nombre odiaba aquella niña. Como castigo,
el niño divino la ensartó con una flecha pero erró en el tiro y esta acabó en
su ombligo en vez de en su corazón. El pequeño dios encogió sus hombros
gordezuelos y se alejó volando, convencido de que en el fondo aquel castigo había
sido peor que el que hubiera pensado originalmente.
Pronto, la flecha hizo que la niña
se prendara de un chico, aunque al estar la saeta alojada en el ombligo, no lo
quiso de corazón, sino por un poco más abajo, por donde sobresalía la flecha.
Tampoco esto quiere decir que la niña quisiese únicamente al chico para hacerse
mujer, simplemente lo quería con su ombligo. Por desgracia, el niña divino
había decidido asegurarse de que el castigo era completo clavándole al chico
una flecha de atracción en la parte alta de la espalda y una de repulsión en la
baja, lo que resultaba un “me gustas pero no lo suficiente”.
Con todo aquel lío de flechas
clavadas ne lugares erróneos, la niña acabó por no saber qué hacer. Trató de
quererlo de quererlo de corazón: inútil. En realidad, para ella había sido
bueno que el niño divino no la hubiera ensartado el pecho de lado a lado,
porque hubiese muerto de melancolía, pero esa es otra historia.
Con lo cual, sin poder arrancarse
la flecha ni atreverse a arrancar las flechas de la espalda del chico, la niña
se quedó sin final para su cuento. Y el niño divino tal vez se frotó las manos
con satisfacción, pues ella nunca volvería a jugar a enfadarlo.
Primero de una serie de "relatos" o "cuentos".
Primero de una serie de "relatos" o "cuentos".
Otoño
¿El otoño? Qué sabrá
el otoño. El otoño es un viejo profesor sin retirar, un fósil viviente que se
empeña en asegurar que nadie pasa su curso a la primera. ¡Lluvia, inundaciones!
Pero también quiere hacerse el magnánimo con Halloween y chocolate y hojas de
todos los colores que dan muy buenos planos a las películas americanas.
El otoño no sabe
nada. Ni siquiera sabe que llega el invierno, que no es un pobre profesor
cascarrabias, un anciano débil. El invierno es un joven gélido, es la salvaje
niñez que no conoce límites, no conoce el respeto, que pisa, rompe y hiela con la
despreocupación de un recién nacido. Mi invierno. Mis mantas, mi chocolate, mis
falanges blancas y retorcidas como carámbanos que reviven al calor del agua
hirviendo. El frio. Mi frio. Mi frio húmedo de lluvia temblorosa. Todo tan
verde que duele mirarlo a través de la cortina acuática.
Primera vértebra
Solo
hola de nuevo. Hola página en blanco de Blogger, hola posibles y más bien
imaginarios lectores, hola de nuevo plantillas y fuentes y colores. Hola mis
musas. ¿Volveréis acaso si hago esto? ¿Volveréis como en aquellos tiempos en
los que los dedos simplemente fluían porque tenía que escribir algo, cualquier
cosa, lo que fuera para alimentar a la bestia con Delirios Literarios? Si no
me arañabais con vuestros dedos largos y blancos de arpías bien
cuidadas.
Y
es esto. No hay más. Escribiré sobre lo que me apetezca y reciclaré todo lo que tenga por ahí. Se trata de obligar al tiempo a aplastarme más rápido. Domé a
los demonios que me arañaban la piel y tal vez con ellos se fueron mis musas,
no lo sé.
¿Qué
pasa con el resto de K.? Sigue igual. Igual que
siempre. Sigo estremecida por las mismas cosas, sigo disfrutando del sol como
una lagartija somnolienta en invierno, sigo viviendo a través de la tinta, así
que como ya no escribo no vivo. Como ya no tengo pensamientos nuevos, le doy la
vuelta a los viejos para que aguanten más tiempo. Si ya no encuentro pasiones,
busco las viejas. Y así.
Bienvenidos
al espinazo de K. No soy complicada. No tomo café ni me siento sola. No hago
skate, no soy una futura loca de los gatos. No soy nada. Nada. Seguramente por
eso se aburrieron mis musas de mí.
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