domingo, 31 de marzo de 2013

Cigarrillos


-Alcánzame uno, hazme el favor –pidió ella sentada en el suelo junto a la cama. Él enarcó las cejas con el cigarrillo apagado en la comisura de la boca, pero se encogió de hombros y le tendió otro salido directamente de la cajeta roja. Ella lo cogió con sorprendente soltura y lo sostuvo el tiempo suficiente para que él se lo encendiera. Lo aspiró como una fumadora empedernida el primer cigarro en una semana.
-Dios, qué bien –dijo ella soltando el humo con cada palabra.
-¿No decías que no fumabas? –preguntó él, divertido.
-No, no fumo –dio otra calada con evidente placer. A él le gustaba eso: si hacía algo, lo hacía bien.
-Relaja, que parece que te está fumando él a ti.
-Déjame en paz –replicó ella, molesta-. Lo necesitaba. Jo, voy a acabar comprándome una cajetilla.
-¿Y eso? ¿Qué pasa?
Ella lo miró de reojo, apoyado en la puerta del balcón con el cilindro humeante en la boca, tan relajado.
-No hagas como que te interesa. La cosa no va contigo, tranquilo.
Él hizo un anillo de humo antes de responder.
-Sí que me interesa.
-No seas mentiroso. Bueno… -ella lanzó un suspiro eterno-. Vale, te lo digo pero luego no le vayas diciendo a nadie que soy yo la que te agobio con mis cosas, que parece que quiero ir de novia.
-Que no, venga.
Ella tiró la ceniza con un experto gesto de muñeca. Le gustaba el cigarrillo más de lo que podría resultar seguro. Pero, por otro lado, ¿qué podía hacer? Estaba predestinada a ser fumadora y casi veinte años resistiéndose no estaba mal. Caer de vez en cuando tampoco importaba.
-Es por el otro.
-¿El que dejaste en tu tierra? ¿Qué le pasa?
Ella se encogió de hombros.
-Se cree que soy una santa y mírame aquí, contigo y con esto –levantó el cigarrillo ya medio consumido.
Él rió suavemente.
-¿Qué más te da lo que crea? Que piense lo que le dé la gana.
-Ya, si es eso. Pero… no sé. A ver, tampoco me voy al cuarto de todo lo que se mueva todos los fines de semana…
-Que sí, eso lo entiendo –él apagó el cigarrillo, encendiendo el siguiente.
-Pues es eso. Que no me siento bien con todo esto.
Él la miró desde arriba, dubitativo.
-¿Es eso? ¿Estás…? Bueno…
Ella sacudió la cabeza  con impaciencia.
-No estoy… no sé cómo decirlo. O sea, como rompiendo pero como no… coño. Eso. Me has entendido perfectamente –él asintió pensativo-. Eso. El problema es que no quiero que esto acabe porque, coño, somos mayorcitos y yo puedo hacer lo que quiera. Pero claro, luego salgo de aquí, me rallo la cabeza y tengo que volver a pedirte cigarros –dio otra honda calada-. ¿Qué marca son?
-Lucky Strike.
-Molan.

jueves, 28 de marzo de 2013

La niña con una flecha en el ombligo y la fiebre de la carne


Hubo muchas veces una niña con una flecha en el ombligo y un dardo azul, negro y mortal en el corazón. Mientras que el dardo le permitía vivir, la saeta solía amargarle la existencia o hacerla más interesante, dependiendo del humor del niño divino que la había condenado. Tantas cosas habían pasado con aquella flecha que ni siquiera era la original, ya que en una ocasión, la madre del niño se había apiadado de la víctima, limitándose a inoculándole la fiebre de la carne por el primero que pasó. Sin embargo, el niño, en plena rabia por esta intromisión y con un vano alarde de habilidad, clavó otra flecha partiendo en dos la primera para que la fiebre remitiera hasta transformarse en el afecto disperso de desear con el ombligo.

Todo esto sería irrelevante si aquel niño divino  no se hubiese olvidado de clavar las dos flechas de repulsión y atracción en el nuevo objetivo de la niña; si la rotura de la primera no hubiera hecho resonar muy lejos de allí las que el chico ya anónimo aún llevaba en el cuerpo y si la fiebre de la carne hubiese remitido del todo. Pero la fiebre desapareció en el nuevo chico sin flechas para sustituirla, las puntas metálicas vibraron en una carne olvidadiza al lado del mar y la niña aún deliraba por las noches, así que en un solo segundo la niña vio como su mundo cambiaba drásticamente de dirección: el chico nuevo la ignoraba por puro aburrimiento, ella lo perseguía con el dolor de ser desechada tan rápido y al otro lado de las montañas, alguien ya olvidado quería compartir su fiebre. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Excusas.

La pluma se desvanece. Quisiera decir que es por algo ajeno a mí, que no es culpa mía, que hay factores externos que me impiden escribir. Que tengo una vida tan vacía que no puedo escribir. Y sin embargo, todo es mentira. Las excusas, los engaños. Todo mentira. Podría escribir los versos más tristes esta noche, pero me limito a copiar. Copiar mal. imitar estilos cuando mi pluma era espléndida, hermosa. Cuando era bonita de ver.
Ninguna vida está tan vacía como para que no se pueda escribir. Más bien al contrario, cuanto más vacía mejor. Mejor para escribir. Lo demás son solo excusas.

lunes, 25 de marzo de 2013

Volver

Vuelta a lo de siempre.
A la lluvia, a la humedad, a perder extremidades por culpa del frío. Volver significa todo eso.
Volver no es solo el viaje de tantos kilómetros que parecen vidas. Volver es retroceder a cuando no era más que el vacío, cuando, no sé, todo era distinto. Cuando no era nada, cuando no era una persona.
Vuelvo y no soy nada. Lo que he hecho se desmorona. Lo hablado, lo planeado. Vuelvo a ser un enorme jersey azul y unos pantalones de chándal que se pasean sin pena ni gloria por una casa helada.
Y aún creo que con la vuelta puedo cambiar cosas. Aún me engaño creyendo que esto cambiará algún día. que volver no será retroceder.
Volver es retroceder. Nunca es tan mentirosos como siempre.