domingo, 21 de abril de 2013

La niña con una flecha en el ombligo

Había una vez una niña con una cicatriz en el ombligo y un dardo azul y negro en el corazón. La cicatriz curaba día a día a pesar de que la carne olvidadiza la reclamaba. Sin embargo, ella traba de curar su cicatriz, limpiarla, ponerle discretas tiritas de colores y tinta , en definitiva, olvidar que alguna vez había hecho enfadar a un niño divino. Este, por cierto, se había olvidado de su criatura y vagaba por el mundo haciendo y deshaciendo enredos a su antojo, sin acordarse ni una sola vez de que en una ocasión había fallado y clavado una flecha en un ombligo.
La carne olvidadiza ya no olvidaba: acosaba a la niña, haciendo sangrar la cicatriz de una manera que ni las tiritas de colores y tinta podían contener. Tanto la acosaba que la niña pensó que tal vez la flecha de repulsión había caído, que tal vez el niño divino había decidido jugar una vez más con ella o cualquier otra razón: el caso es que creía, quería creer que la carne olvidadiza ya no era tal sino un ente que recordaba. Así que cuando descubrió bañándose un día que aún quedaba virutas de metal dentro de la herida no se horrorizó, sino que pensó con satisfacción que por fin se acabaría todo aquello, pues, según la leyenda, las maldiciones del niño divino se rompían besando a la persona con la que te había torturado. Si ella aún estaba maldita y el ente era tal, aún tenía esperanzas. Aún podía tener un final.
Con esos pensamientos volvió a su pueblo desde la ciudad de acero y polvo, volvió al mar, volvió al ente que recordaba, convencida de que se acabaría la maldición, contenta y preparando lo que decir después de romperla. Pero nada podía salirle bien a la niña: el ente no era un ente sino carne y tan olvidadiza como siempre, hasta el punto de no recordar mientras hablaba con la niña que ya tenía otras flechas nuevas clavadas. Cada vez que la niña se acercaba, las plumas de la cola de la flecha le daban picores y el extremo se volvía extremadamente afilado.
Así que la niña se quedó como estaba: con cicatrices en el ombligo, trozos de flechas aún clavados, un dardo azul y negro en el corazón y condenada por el niño divino a no tener finales.